A mi padre, Ignacio (Nacho), siempre se le ponía una sonrisa especial si iba a comer a Botín. Por allí pasaron sus admirados Benito Pérez Galdós (don Benito) y Ernest Hemingway.
Él, escritor también, gustaba sentarse a la mesa y respirar hondo. Además del inigualable olor a tostón recién asado, pensaba que algo quedaría en el aire del paso por allí de tan ilustres comensales.
Sacaba su pequeña libreta y con su diminuta letra tomaba apuntes de lo que más tarde se convertiría en un hermoso texto dedicado a tan magno momento. Y no había almuerzo que no cerrara con la exquisita tarta Botín. Después de un buen vino y un brindis a la salud de quienes, como él, cayeron rendidos ante el mejor restaurante de Madrid. ¡Chin, chin!
Después, volvía a sonreír, tomaba su bastón, y se despedía en la puerta con el deseo de volver una y cien veces más. Envalentonado y feliz, osaba subir todas las escaleras que enfilan hacia la Plaza Mayor para dar cuenta de una ‘copichuela’ que precedía a una merecida y reconfortante siesta para terminar su particular ‘Fiesta ‘. ¡Por ti, papá! Alcemos nuestras copas una vez más.