“…del Portillo a la Arganzuela…”
Así cantaban en “Las Leandras” sobre un Madrid del “chotis” y las verbenas, que re-
cibían nombre, por esas plantas recogidas de madrugada entre bailes, rondando San Juan, que acuñó el dicho “irse de verbena”. Plantas aromáticas, cuyo olor y fragancia similar al limón, no pudo, “ o no quiso”, impedir en un final de siglo de modistillas u organilleros, que imperasen también otros olores. Churros, entresijos, gallinejas, o el omnipresente cocido, de “Sota, Caballo y Rey”: sopa, legumbres y “sacramentos”. Puchero que Galdós frecuentaba, en aquella Posada-figón “Sobrino de Botín”, por lo que Valle-Inclán, con ácida crítica, le llama “Benito el Garbancero”.
Y si, elaborar recetas, es como pintar cuadros, de algo le debieron servir aquellas , cuándo se dice que, por sus cocinas hoy tricentenarias, aparece un joven Francisco, nacido en Fuendetodos, recién llegado de Zaragoza , para lavar platos e impregnarse, como su pincel, de colores y olores con sus guisos, en su ininterrumpido horno de leña.
¿Un Goya de 17 años, buscándose la vida entre cazuelas, en aquel inicial Botín? ¿Realidad? ¿Relato? Pudo ser.
Aquel Portillo de “Las Leandras”, cerraba la “cerca” de Felipe IV, por Embajadores y Peñuelas. Sus desagües en la alcantarilla general, aún no libre de olores, vertían a la exigua corriente del Manzanares ( “aprendiz de río” sentencia Quevedo).
A aquellos, se sumaba el olor a jabones de los lavaderos y el de las “casonas” de ganado, destinado a las naves del matadero cercano.
Según narra Baroja en “La Busca”, barrios con olor a molleja y lejía, también magistralmente descritos , en “Fortunata y Jacinta” por Galdós.
Olores de un Madrid decimonónico. Olores de aquel Madrid en blanco y negro de Don Pío o Don Benito. Olores de cocina tradicional, que hoy, en la calle de Cuchilleros, aún degustamos… ¡ 300 años después !
La luz de las dos y cuarto – Doménico Camus
Siempre ha sido igual.
A las dos y cuarto, el sol se cuela por el mismo ángulo, roza la esquina de la mesa seis y deja una mancha de oro temblorosa sobre el mantel. Cada día. Cada año. Cada siglo. Ni los camareros lo notan ya. Pero esa luz lo ha visto todo. Vio al joven soldado que apretaba la mano de su madre antes de partir. Vio al poeta anotar un verso entre plato y plato, convencido de que no lo olvidaría. Vio cómo un niño derramaba la sopa y lloraba como si fuera el fin del mundo, mientras su padre -duro, torpe, nervioso- le ofrecía pan por primera vez. Vio brindis con acento extranjero, promesas en voz baja, traiciones dulces. También vio cómo ella dejaba de venir. Era siempre a las dos y cuarto. Ella llegaba puntual, se sentaba sola, y sonreía como quien guarda un secreto. Un día no volvió. Pero la luz siguió viniendo, igual que antes, como si aún la esperara. Botín ha cambiado. Las paredes, los nombres, el precio del vino. Solo la luz es fiel. Y cada mediodía, cuando cruza la mesa seis, parece que algo -una risa, una ausencia, un recuerdo- brilla unos segundos y luego se va.