Paseábamos por Cuchilleros cuando, de pronto, paraste frente a Botín. Pusiste
esa expresión castigada de explorador sin brújula a la que ya me has
acostumbrado y fijaste la mirada en la puerta.
-¿Tienes hambre? – pregunté.
Entraste sin responder. Te seguí. El aroma que nos recibió, un velo suave de
vinos y carnes, me transportó enseguida hacia un tiempo sin manchas en la
piel ni asomos de despedida en cada gesto en el que el futuro no nos
preocupaba. Durante años fuimos clientes habituales de ese restaurante y traté
de recordar, sin suerte, nuestra última comida.
Nos sentaron junto a una ventana. Quise pedir algo fácil de masticar, pero te
negaste.
-Cochinillo para dos – dijiste.
Mientras esperábamos, guardamos silencio. Este silencio de espinas que nos
envuelve desde tu diagnóstico, y que sólo fue roto por el tintinear de los platos
y los vasos que llenaron nuestra mesa. Empezamos a comer y enseguida tu
rostro se relajó. Sonreíste y supe que habías regresado por unos minutos a
esta parte de la existencia.
-Llevabas un vestido blanco la primera vez que vinimos aquí. Yo estaba tan
nervioso que te lo manché con mi copa. Aquel día pensaba pedirte que te
casaras conmigo, pero no me atreví.
Me acariciaste la mano con tu confesión, y tuve que morderme las mejillas para
no llorar.
En cuanto salimos a la calle tu burbuja te atrapó de nuevo. Desde entonces,
siempre que siento la amenaza del olvido, volvemos a nuestra mesa de Botín,
pedimos cualquier cosa y al instante recuperas para los dos partes de nuestro
matrimonio que creíamos perdidas. Desconozco cuánto durará este prodigio
gastronómico que te despierta, ni cuál será tu extravío definitivo, pero sé que
mientras conservemos los dientes tendremos en el restaurante más antiguo del
mundo un aliado.