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DE LA MANO DEL PASADO

Tras sesenta años, Amparo camina por la calle Cuchilleros, testigo de sus primeros cinco años de vida; después tocó emigrar. Desconoce el número donde estuvo ubicada su casa, por ello, sus pasos se toman tiempo a la espera de que algo despierte su memoria. Un nombre atrapa su atención: “Sobrino de Botín”.
La curiosidad la lleva a buscar información de inmediato en internet. Lo que lee la emociona y sorprende a partes iguales: “abierto ininterrumpidamente desde el año 1725”; pero eso no es todo, un párrafo más abajo descubre que su escritora favorita, María Dueñas, es asidua de este local, incluso lo ha mencionado en varias de sus novelas. No se arredra y accede a tan insigne establecimiento. De repente, la vista se nubla y nota cierto vahído. Respira hondo hasta recobrar el sosiego. Sin embargo, la imagen que capturan sus pupilas la desconciertan: parece un cuadro de Toulouse Lautrec. En una misma escena vislumbra diferentes épocas. Un rincón al fondo cobija la imponente figura de Hemingway, que copa de rioja en mano, conversa con el tabernero, y a continuación, se dispone a plasmar la última escena de su novela “Fiesta”. De pronto, dos mujeres, ajenas a tan ostentoso espacio, acarrean una pequeña cántara hasta la última mesa. Amparo se ve obligada a frenar el grito que pugna por salir; no tiene ninguna duda, son Fortunata y Jacinta. El deseo de reconocer al comensal provoca un incremento de la agudeza visual, y distingue, nada más y nada menos, que al creador de tan extraordinaria obra.
Este paseo por la historia le inyecta el coraje preciso para retomar la calle y poder localizar el punto de partida de su existencia.

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