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La Luz de las dos y cuarto

Siempre ha sido igual.

A las dos y cuarto, el sol se cuela por el mismo ángulo, roza la esquina de la mesa seis y deja una

mancha de oro temblorosa sobre el mantel. Cada día. Cada año. Cada siglo.

Ni los camareros lo notan ya. Pero esa luz lo ha visto todo.

Vio al joven soldado que apretaba la mano de su madre antes de partir. Vio al poeta anotar un

verso entre plato y plato, convencido de que no lo olvidaría. Vio cómo un niño derramaba la sopa y

lloraba como si fuera el fin del mundo, mientras su padre -duro, torpe, nervioso- le ofrecía pan por

primera vez.

Vio brindis con acento extranjero, promesas en voz baja, traiciones dulces.

También vio cómo ella dejaba de venir.

Era siempre a las dos y cuarto. Ella llegaba puntual, se sentaba sola, y sonreía como quien guarda

un secreto. Un día no volvió. Pero la luz siguió viniendo, igual que antes, como si aún la esperara.

Botín ha cambiado. Las paredes, los nombres, el precio del vino.

Solo la luz es fiel.

Y cada mediodía, cuando cruza la mesa seis, parece que algo -una risa, una ausencia, un

recuerdo- brilla unos segundos y luego se va.

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