Mi mujer y yo llegamos a Madrid casi al mediodía. El momento perfecto, por otra parte, para acercarnos al restaurante Botín y disfrutar de una suculenta comida. Teníamos mesa reservada. Fue llegar, sentarnos y mezclarnos con los olores: era otro lugar, otro mundo, calles por las que había paseado Galdós y ahora estaban con nosotros. El Madrid castizo, los rincones más olvidados, que volvían ahora a nuestra memoria. Ya de niños, mi mujer y yo jugábamos cerca del restaurante y nos embriagaban los aromas. Me prometí que, si alguna vez, se convertía en mi esposa, la primera comilona sería aquí. Y cumplimos. Después, volvimos a encontrar el restaurante en las páginas de Galdós y sonreímos. Seguimos viniendo. Hoy, el solomillo Botín al champiñón se deshace en mi boca. La primera comida, una sopa, nos supo a gloria, como esta. Nieves, mi mujer, me mira y sonríe. Sabe que, ahora mismo, estamos en el mismo lugar, un Botín que ha recorrido una y otra vez nuestros días.