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Cita a tres

La escalera saludó su llegada a la segunda planta del restaurante con el agradable crujido de la madera veterana. Por un momento dudó y ese momento de vacilación le hizo comprobar que en su bolsillo descansaba aún la intrigante invitación a cenar en el Botín, sin más detalles que aquella lacónica firma: La Duquesa.
Instintivamente, se arregló la ropa y atusó su pelo negrísimo, apenas roto por aquel mechón eternamente plateado. Sus ojos de color madreperla escrutaron la sala de inmaculado suelo en damero blanco y negro. En la única mesa ocupada había una sonriente viejecita de pelo ondulado, que atacaba complacida un suculento plato de cochinillo.
—Siéntese, joven —dijo la abuela sin perder la sonrisa—. Imagino sus dudas, pero por favor acompáñeme dando cuenta de esta cena y prometo aclararlas todas.
El joven obedeció, hechizado por la presencia amable de la anciana. Inmediatamente, un diligente camarero le sirvió una copa de brillante tinto y una porción del aromático cochinillo, situándose a su espalda discretamente.
—Yo soy quien le ha invitado a esta pequeña celebración. Concretamente, estamos celebrando mi reciente viudez —comentó sorprendentemente divertida la mujer—. Sé que es poca información, pero le aseguro que, a lo largo de la cena, le daré toda la que necesita. No se preocupe, pero, ahora, me interesa más conocerlo a usted.
—Eso es sencillo —contestó algo aturdido el muchacho—. Tengo treinta años, soy soltero y trabajo como maestro.
—¿Y sus padres viven? —continuó ella sin tiempo para el descanso.
—Me crie en un orfanato, nunca conocí a mis padres.
—Eso tiene arreglo —dijo la risueña anciana, achinando sus ojillos color madreperla, mientras cruzaba miradas de complicidad con el sonriente camarero, que atusaba su pelo negrísimo, apenas roto por aquel mechón eternamente plateado.

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