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Rey Botín

-¡Majestad, escapémonos! ¡Vayamos a tomar un vino! La vida en palacio es rígida, distante, poco agradable. Vamos señor, ¡que un día es un día!
Eran las palabras de Antonio, el fiel ayuda de Cámara del Rey cuando empezaba a anochecer, un 24 de noviembre de 1725.
-Señor, conozco una taberna recién abierta, a cinco minutos de palacio, cerca de la Plaza Mayor, donde hacen las viandas más apetecibles que os podáis imaginar. Lo más alejado de los almuerzos protocolarios que tanto os aburren.
Tras pensarlo varias veces, el Rey accedió y le dijo:
-Antonio, espero que ese lugar del que me hablas no me decepcione. Sabes que he probado los mejores bocados de nuestra querida España y de tantos otros países por los que he viajado y, aunque me apetece salirme de la rutina de palacio, ni mi paladar ni mi estómago me permiten ya ciertas licencias, pero daremos una oportunidad a esa nueva taberna.
Sin guardias reales, ni alabarderos, ni custodios de otro tipo salieron intentando no dejarse ver por ese Madrid de candiles y luminarias de aceite. La calle en noviembre está semivacía, así que llegaron rápido y sin ser reconocidos.
El ambiente en Botín era especial. El contraste entre la calle fría y solitaria y la taberna casi llena, ruidosa y sobre todo caliente les hizo sentirse como dos amigos que fueran allí a diario. Antonio no se lo creía. ¡Estaba en Botín con el Rey sin que nadie se percatara!
Las viandas no defraudaron a ninguno. Verduras, asados y vino llenaron sus estómagos como pocas veces antes.
De regreso a palacio, el Rey que era poco hablador, se detuvo un instante. Antonio, se temió lo peor y, entonces, el Rey le dijo:
-Antonio, tendremos que repetir.
Repitieran o no, Antonio mantuvo siempre el secreto.

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